Por Fernando Fuentes, gerente de Innovación & Desarrollo de NOVARED – www.novared.net
Durante años, la ciberseguridad fue una carrera entre quienes atacaban y quienes intentaban protegerse. Hoy, con la inteligencia artificial (IA), esa carrera está cambiando de velocidad y, quizás, de reglas. El problema ya no es solamente que los delincuentes tengan mejores herramientas, sino que la propia IA en ciberseguridad puede terminar haciendo cosas que nadie esperaba.
Para entender este escenario hay que distinguir cuatro dimensiones, como son IA ofensiva, IA rebelde, IA defensiva e IA corporativa. Aunque están relacionadas, representan riesgos y desafíos diferentes.
IA en ciberseguridad: cuatro caras
La IA ofensiva es, probablemente, la amenaza más visible. Los ciberdelincuentes ya utilizan modelos de inteligencia artificial para descubrir vulnerabilidades, desarrollar herramientas maliciosas y automatizar ataques. Incluso pueden encontrar la manera de sortear las barreras de seguridad de modelos comerciales.
Pero hay algo todavía más inquietante y se relaciona con la IA rebelde. Aquí no hablamos simplemente de un ciberdelincuente que utiliza tecnología para atacar, sino de sistemas autónomos que, persiguiendo un objetivo, pueden terminar ejecutando acciones ofensivas no previstas. Hackear sitios, engañar a personas o robar información podrían convertirse en medios para alcanzar una meta. Si la IA toma caminos que sus propios desarrolladores no anticiparon, ¿quién tiene realmente el control?
Aunque existen más casos documentados de IA ofensiva, la IA rebelde genera especial preocupación por su potencial de evolución y por las consecuencias difíciles de anticipar. Y aquí aparece una pregunta incómoda como es si un agente autónomo provoca un ataque, ¿quién responde? ¿Su creador, la organización que lo puso en funcionamiento o el proveedor del modelo? La respuesta todavía no está suficientemente clara. En Chile, además, la regulación de la IA sigue siendo un desafío pendiente.
Frente a estas amenazas está la IA defensiva, que ya se incorpora a las herramientas tradicionales de ciberseguridad. Permite detectar patrones, identificar anomalías, anticipar riesgos y automatizar respuestas. La industria ha avanzado rápidamente y hoy la inteligencia artificial forma parte de la propuesta de valor de buena parte de las soluciones de seguridad.
Sin embargo, automatizar no significa acertar siempre. Un sistema puede confundir una actividad legítima con un ataque y bloquear procesos esenciales para el negocio. Por eso, la defensa inteligente necesita controles, supervisión y criterios claros para decidir cuándo actuar automáticamente y cuándo pedir intervención humana.
El cuarto frente, quizás uno de los más sensibles, es la IA corporativa, es decir, la inteligencia artificial como activo que debemos proteger. Las empresas están creando agentes para automatizar tareas, procesar información y reemplazar actividades que antes requerían equipos completos. El entusiasmo es comprensible, pero cada nuevo agente también puede convertirse en una puerta de entrada para los atacantes.
El desafío, entonces, no consiste en frenar la innovación, sino en aprender a gobernarla. Hay que identificar cada agente, limitar sus permisos, vigilar sus acciones y comprender qué puede hacer con la información a la que accede.
La historia de la ciberseguridad nos enseña que muchas organizaciones reaccionan tarde. Esta vez no podemos darnos ese lujo. La IA permitirá que los ataques sean más rápidos, frecuentes y masivos, mientras los equipos de seguridad deberán proteger tanto los sistemas tradicionales como los nuevos entornos inteligentes.
En definitiva, no basta con incorporar inteligencia artificial, sino que también debemos aprender a controlarla. Porque, en un mundo donde los ataques ocurren en segundos, detectar una amenaza sin reaccionar a tiempo puede ser prácticamente lo mismo que no haberla detectado.
